Los cinco años de Mañanas BLU

La opinión de Aurelio Suárez sobre los cinco años de BLU Radio.

El 6 de septiembre se cumplen cinco años de la primera emisión de #MañanasBLU en la naciente cadena radial Blu Radio. El programa se montó con base en la premisa de que todo el mundo tiene acceso y hasta por distintos canales a la información. No obstante, el quid del asunto estaba en el interés, y en algunos casos en la necesidad, que la población tiene de analizar y evaluar las noticias. 
 
Bajo la dirección del periodista Néstor Morales y con Felipe Zuleta, un grupo de jóvenes colegas suyos, reporteros y productores acordó brindar a los oyentes las distintas “voces” y los diversos “sonidos” en los que se plasman los hechos más relevantes.
 
El ensayo se complementó con un conjunto de personas, de diferentes  concepciones, que en este periodo hemos contribuido, ya no con el tradicional juego de voces radiales, sino con uno de opiniones que barre el espectro general de disímiles vertientes del pensamiento en el concierto nacional. Se creó una suerte de nuevo y raro oficio: el de panelista.   
 
El reto estaba en abrirse paso en el medio con ese formato alternativo frente a cadenas de radio con décadas de existencia y con un tamaño varias veces superior en personal, recursos y emisoras regadas por el territorio colombiano. 
 
El esfuerzo cotidiano ha consistido en estructurar criterios, lo que exige abordar con profundidad y síntesis cada tema y documentarlo. Los panelistas nos centramos en los comentarios a fin de colaborar en la formación de la opinión oyente desde cada punto de vista sin censuras. El papel es, pese a  eventuales acuerdos, presentar con coherencia el pensamiento propio. #MañanasBLU ha enriquecido además sus emisiones interactuando con las redes sociales donde las personas manifiestan lo que tienen a bien acerca de los asuntos tratados o de lo expuesto por los panelistas. A unos les parece que, según sus afinidades, hay opiniones que no tienen suficiente espacio y a otros que les dan demasiado. 
 
Esto ha sido parte también de las polarizaciones que vive el país y de la dureza de los sucesos en este quinquenio: crisis económica; procesos de terminación de conflictos armados; movilizaciones sociales; elecciones presidenciales, de Congreso y locales con las respectivas evaluaciones de los gobernantes elegidos; y, en medio, la indignante corrupción y la dificultosa ruta que atraviesan los derechos de las minorías. Son fenómenos que, entre otros, han coincidido en estos años de #MañanasBLU.  
 
 
Algunos nos hemos equivocado y hemos rectificado, apenas humano. Por lo pronto, aun con todas las críticas, incluidas las justas, que hay muchas, considero que el aporte básico ha sido mostrar cómo sí hay lugar para tratar las contradicciones de manera civilizada sin traspasarlas a la animadversión personal conservando la amistad social, a pesar de debates agudos o tonos elevados en ocasiones o de superposiciones en los diálogos, este es el mayor valor agregado.  
 
Si algo se ha hecho en esa dirección, se justifica el tiempo dedicado y el empeño puesto. Y no se hacen surcos en el desierto: el creciente aumento de oyentes que se registra en las respectivas mediciones es testimonio de que a los colombianos les gusta debatir las problemáticas, y con vehemencia, si se quiere, pero que también desean formarse y avanzar en la idea de no matarse ni agredirse por ello, hacerlo de manera civilizada, algo muy significativo en la imperfecta democracia que por múltiples y discutibles razones hoy nos rige.

El Caribe, una víctima de la política económica

El departamento de Córdoba es primero en agricultura, aunque el Caribe perdió participación en este sector a escala nacional en lo corrido del siglo, del 18,6% al 14,8%.

Economistas costeños como Jorge Vergara Carbó y Salomón Kalmanovitz han retomado aspectos del estudio del Banco de la República acerca de la “Evolución socioeconómica de la región Caribe colombiana entre 1997 y 2017”, para profundizar en las características más relevantes de los siete departamentos que la conforman. 

Vergara hace un parangón de esa economía regional con la de Bogotá. Anota que siendo el Caribe el 11,6% del territorio nacional y el 21,4% de su población, es sólo 15,2% del PIB. Comparando con la capital, que es el 25% del PIB nacional –y con los mismos diez millones de habitantes de la Región Atlántica si se consideran los 30 municipios que la integran como región–, el ingreso por habitante de los costeños es 70% del ingreso promedio nacional y apenas 50% del de los bogotanos. Como de cada cien pesos que se producen en la región caribeña 55 están en Atlántico y Bolívar, acota Vergara, el ingreso por habitante de los otros cinco departamentos es todavía más limitado.

Complementa su análisis mirando los sectores económicos y resalta la importancia de la minería para Cesar, Córdoba y La Guajira, que puede sumar el 20% del país, pero deplora las casi inexistentes contraprestaciones que por ello reciben. La industria, acota, solo existe en Bolívar y Atlántico, pero mucho más en Cartagena, donde se fabrica la mitad de las sustancias químicas del país y está Reficar. Allí la manufactura genera uno de cada cuatro pesos de la economía.

Córdoba es primero en agricultura, aunque el Caribe perdió participación en este sector a escala nacional en lo corrido del siglo, del 18,6% al 14,8%. Poco sirvió el crecimiento del área sembrada y la producción de palma de aceite, yuca, plátano y maíz en detrimento del algodón, del arroz y, sobre todo, de la ganadería, cada vez más reducida. Por lo demás, subió la construcción, y en el comercio, hoteles y restaurantes –con informalidad incluida– está el mayor número de ocupados. 

Kalmanovitz hace también un análisis sectorial. Destaca que el PIB del Caribe creció un poco más que el de Colombia, pero enfatiza en aspectos sociales lamentables: que el analfabetismo es del 14%; que el hacinamiento en viviendas es del 28%; que 30% de ellas no cuenta con disposición adecuada de excretas y el 18% tiene piso de tierra; que hay 31 muertos por cada mil nacidos y que, si bien la cobertura en salud y educación aumentó, la calidad y el acceso real son deficientes por “el clientelismo y la corrupción”.

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Algunos elementos explican las causas del cuadro antes descrito: la vocación minera no compensó el bajón o la inexistencia de la manufactura regional ni la de la agricultura. En La Guajira, por ejemplo, la minería es el 50% del PIB departamental, pero sólo emplea a 2,5 de cada cien trabajadores. Y en el Cesar, pese a que en 2016 fue el 35% de la economía, solo contribuyó con el 3% del ingreso de los cesarenses. El resto corrió a bolsillos extranjeros.  

Así mismo, aunque Guajira y Cesar son el 8,6% de las exportaciones nacionales, su contribución para impulsar el crecimiento de las respectivas economías regionales es bastante inferior: de 550 mil empleos totales en este último departamento, sólo 20 mil corresponden al empleo minero. A contramano, Bogotá, que genera cerca del 5% de las exportaciones de Colombia, crea uno de cada cuatro pesos de la economía, fundada en el mercado interno.

El Caribe, exceptuando quizás la industria de Cartagena, está entrampado en la precariedad y la pobreza, como lo refuerza el estudio del Banco de la República al afirmar que “un departamento con bajo crecimiento tiene una alta probabilidad de mantenerse en el mismo nivel de crecimiento. No obstante, en la región Caribe el porcentaje es más alto (90,9%)”. Esa probabilidad está cimentada en razones expuestas por Vergara, como el centralismo y los TLC, o en las lacras de las corruptelas que señala Kalmanovitz, pero en especial, agrego, por ser víctima del modelo de Capital Extranjero con base en la locomotora minero-energética, que está dando los últimos estertores. Con todas sus secuelas.