¿Qué soluciones debe plantear Colombia frente al cambio climático?

En “Our Revolution”, Bernie Sanders dice: “El cambio climático es real, causado por la actividad humana”. Y añade que 650 mil años antes, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera nunca excedió 300 partes por millón, que en la Revolución Industrial era 270 y que en 2013 el Observatorio de Mauna Loa en Hawái reseñaba 400, que crecerían de a dos por año.

Indicadores internacionales muestran que las responsabilidades de los países son disímiles frente a este fenómeno, que constituye una afectación al ciclo natural del clima. En el porcentaje total –respecto a la emisión de gases de Efecto Invernadero–, China responde por 25,9 %; Estados Unidos por 14,75 %; la UE (28) por 9,33 % y Colombia solo por 0,35 %. En toneladas métricas anuales de CO2 por habitante, venidas de combustibles fósiles y de la industria del cemento, Qatar llega a 40,5; Estados Unidos a 16,4; Corea del Sur a 11,8 y Colombia apenas a 1,9. En cuanto a emisiones de CO2 en toneladas métricas anuales por dólar de PIB, China genera 2,077; Estados Unidos 0,412; Chile 0,541 y Colombia 0,371, siendo 0,620 el promedio mundial.

En el Índice de Desempeño Ambiental-2018, Colombia ocupa el puesto 42 con 65,22 puntos, Suiza es primero con 87,42 y Estados Unidos el vigesimoséptimo con 71,19. Los perfiles difieren entre sí: por ejemplo, Ecuador presenta sus mayores deficiencias en el manejo del recurso hídrico y la polución del aire y Colombia en temas rurales, saneamiento básico y biodiversidad, un campo en el que los TLC les abrieron las puertas a los agentes externos para tener acceso a ella y patentarla.

Tan específicos como las causas del cambio climático en cada país, también lo son los impactos en las distintas zonas del planeta, tanto que hasta US Global Change Research Program los distingue para las varias regiones norteamericanas. En países de clima templado, activos contaminadores, las secuelas se expresan, entre otras, en grandes tormentas, destructivos huracanes, más crudos inviernos y muy ardientes veranos. En los tropicales, con la mayor precipitación pluvial y menor participación en la contaminación, se exterioriza por desastres naturales, desborde de ríos y sequías que estropean a las poblaciones en zonas de riesgo. Colombia está en el puesto 19 entre 233 en probabilidad de impactos, es segunda en el Atlas de conflictos ambientales y como actor pasivo sufre más de lo que origina.  

¿Qué hacer en Colombia? El Foro Nacional Ambiental (2013) identificó tres orígenes del Cambio en este país “megadiverso” y “megacomplejo”: 1) La deforestación de 5 millones de hectáreas desde 1990, el 29 % en el Caribe por expansión ganadera, y otro 20 % más en la Orinoquia y la Amazonia, muchas por cultivos de coca como en la Sierra de La Macarena; 2) La locomotora minero-energética, que además exporta esa “degradación ambiental”, con Áreas Estratégicas proyectadas por 2,9 millones de hectáreas en franjas interandinas y por 17 millones más en el nororiente amazónico y 3) Ciudades “dispersas”, fruto de la falta de planeación urbana. Ahora bien, en cuanto al porcentaje del total de generación de energía con fuentes renovables, convencionales o no, Colombia, dotada de potencial hídrico, lo hace en 69,4 %, Estados Unidos solo en 14% y Corea del Sur apenas en 2,1 %. 

Con base en lo anterior vale preguntar: ¿Será respuesta adecuada para la problemática nacional especular con bonos bursátiles de carbono pagados a menos de 40 euros por tonelada de emisión reducida? ¿Será solución el fondo financiero Generation de Al Gore, dedicado a apuestas futuras sobre clima, agua o supresión de combustibles fósiles? ¿Lo será la subsidiada industria de vehículos eléctricos de las nuevas élites billonarias de California alentada por Clinton? ¿Será este tipo de negocios de oportunidad calificados por Stiglitz como de plazo intermedio? 

En la campaña presidencial  habrán de evaluarse los programas respecto al cambio climático: el de Vargas carece del capítulo respectivo, a la vez que busca  limitarles las consultas a las comunidades frente a los megaproyectos; el de Duque, que si bien habla de mitigar el cambio climático, persiste, como lo han hecho los gobiernos de Uribe y Santos, en invocar “altos estándares de responsabilidad ambiental”, desechando las competencias estatales para implantarlos; el de Petro, quien para su enunciada apuesta de supresión de “energías fósiles” da la bienvenida a “los empresarios de energías limpias como la solar”, y el  de Fajardo, que propone como ejes “la preservación del entorno natural, la defensa del agua, el crecimiento verde y el fomento de la educación ambiental”.

El debate está abierto. Que ojalá surjan soluciones adecuadas al contexto nacional.

¿“Apicidio” o genocidio?

El ataque a abejas y demás polinizadores pone en riesgo la seguridad alimentaria.

El ministro saliente de Agricultura, Aurelio  Iragorri, echa campanas al vuelo hablando del periodo de la mayor producción de alimentos en la historia e inclusive de la recuperación de la seguridad alimentaria nacional. Se fundamenta en el crecimiento anual del PIB agrícola en el primer trimestre del 2017 en el 7,7% y del 4,4% para el segundo.

No obstante, otras cifras amargan las fiestas ministeriales. Por ejemplo, las importaciones de los principales 24 capítulos del Arancel de Aduanas de alimentos y productos del ámbito agropecuario, sumaron en 2017 -de enero a junio- 6’785.891 toneladas mientras en ese mismo periodo para 2016 fueron de 6’721.740. De junio a junio, para 2016, dichas compras externas valieron 5.938 millones de dólares y a 2017 sumaron 6.371. Así mismo, sigue nuestra inferioridad en cereales: Colombia continúa importando más de 4 millones 100 mil toneladas semestrales. (DANE, Junio 2017).

La incertidumbre alimentaria en Colombia se agrava por otros hechos adicionales a los TLC. Tiene que ver, por ejemplo, con las denuncias que los apicultores han hecho sobre la eliminación de colmenas en los últimos años. Como algunos preguntarán sobre la relación de este “apicidio” con la dieta, hay que recordar que los insectos, y entre ellos las abejas melíferas, cumplen papel clave en la autopolinización y polinización de muchos cultivos para su reproducción en cantidad y calidad.

Según IBPES,  Plataforma Intergubernamental de Política de Ciencia en Biodiversidad y Servicios a Ecosistemas, decenas de miles de especies polinizadoras, entre las que sobresalen las abejas melíferas, son colaboradoras para la producción y la calidad de al menos el 75% de los cultivos. Entre los más relevantes están: manzana, ciruela, pera, durazno, cereza, kiwi, alfalfa, repollo, zanahoria, coliflor, pepino, colza, cebolla, berenjena, melón, sandía, girasol, con cosechas que vale centenares de miles de millones de dólares al año. En otros casos, como el maíz en Estados Unidos, los agricultores alquilan colmenas para aumentar la productividad.

A escala global esta organización y otras como PBS.org denuncian la grave afectación para las especies polinizadoras, en especial para las abejas melíferas, en la que se está constituyendo el uso indiscriminado y descontrolado de pesticidas en ciertos cultivos propiciando un proceso de extinción de insectos, un “apicidio”.

Se señala a los neonicotinoides, en especial con base en Clotianidina, calificados como “borradores” que acaban con todo tipo de insecto  y al Fipronil de incidir, como -además del cambio climático, de la deforestación y de los cultivos transgénicos- catalizadores para poner en vía de exterminio al 16,5 % de los polinizadores invertebrados en áreas terrestres, al 9% de abejas y mariposas de Europa y al 30% que habitan en islas. El Colegio de Ciencias Ambientales y Agricultura de la Universidad de Illinois destaca 60 pesticidas como de alta toxicidad para las abejas con exposición directa en zonas de fumigación o porque los transmitan a las colmenas, afectando sus defensas, facilitando enfermedades como el virus de alas deformes y parasitarias.

En Colombia se replica el fenómeno. El colectivo Abejas  Vivos, que aglutina a 1.174 apicultores, de 3.700 registrados en total, de 22 departamentos con 35.216 colmenas ha denunciado que 29% de ellas están amenazadas de mortandad, habiendo perdido cerca de $10 mil millones en empleos y miel. Este hecho difundido en distintos medios, y pese a la realización de pruebas de laboratorio que brindan evidencia de la intoxicación recurrente de abejas por Fipronil–como en Guasca-, solo ha producido en las autoridades fitosanitarias la ratificación de que esos tóxicos tienen licencia.

A contramano, en Europa, donde acaba de establecerse que en 19 países se encontraron huevos con fenilpirazol (Fipronil), prohibido allí desde 2013 y  utilizado, quizás por razones de economía por compañías especializadas en desinfección de granjas como “bomba” para eliminar toda suerte de pestes, se han desechado todos los lotes contaminados.

El ataque a abejas y demás polinizadores pone en riesgo la seguridad alimentaria. El asunto requiere actuación de las entidades correspondientes, como el Instituto Humboldt, y exhorta, como piden muchos, a adoptar otro modelo tecnológico agrícola ya que el actual, dominado por un oligopolio global, puede conducir al genocidio tanto por privación definitiva de géneros alimentarios básicos como por crecientes y ocultas intoxicaciones colectivas.